
Cuando el sol empieza a asomar por el horizonte, mi
vecino Blas abre la puerta de su casa. Por un momento, su figura corpulenta se recorta en el espacio iluminado y su sombra
parece la de un imponente gigante. Al darse la vuelta, su rostro muestra una
sonrisa dulce y una mirada sincera. Su expresión resulta encantadora y no deja
lugar a dudas de que es más bueno que el pan.
Blas es obrero y a esa hora se dirige a su trabajo. Va vestido de fuerte azul y lleva puesto un casco. No por lucirlo, sino porque también le sirve de protección para ir en bicicleta, el medio de transporte que utiliza para llegar a la obra donde trabaja.